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Himalayan Vision Treks (P.) Ltd.
G.P.O. Box: 20032
Kathamandu, Nepal
2005920, 2005921
Fax:
00977-1-4366309
Email
himvisiontrek@yahoo.com
info@himvisiontreks.com



     
  MEMORIA DE NEPAL.

Introducción.
El viaje a nepal representa uno de los viajes más ambiciosos del Club Universitario de Montaña de Murcia. Supone un largo viaje hasta un país asiático, y llegar hasta los lugares que un día pisaron hombres como George Mallory, Irvin, Hilary... y tantas leyendas del alpinismo.

Un viaje de esta envergadura requirió una preparación previa, y la dedicación de muchas horas y contactos con guías locales para organizar el viaje de 24 personas que, a la postre fueron más, y que necesitó de una gran infraestructura y coordinación.

Especial mención a la persona de Manolo Cañizares, presidente del club, el cual dedicó muchas horas a preparar este viaje, en un nuevo ejemplo de generosidad y buen hacer.

El Viaje hasta Luckla.
Salir desde España y llegar a Katmandú supuso muchas horas de avión, muchas horas de espera en aeropuertos, y la llegada final a un aeropuerto de Katmandú, donde como no podía ser de otra manera, regía la desorganización organizada propia de los países en vías de desarrollo.

La llegada se produjo en un estado de expectación, aterrizábamos en el Nepal, en el país de las montañas, y la primera preocupación era ver llegar todo nuestro equipaje. Hubo suerte, y salvo una maleta, llegó todo, material para la escalada final, para el treking, piolets, crampones......... Un ejército de personas nos esperaba a la salida de la terminal, algunos incluso entraban en el interior de la misma, el objetivo era coger nuestras maletas y cobrar unas rupias. Los niños pedían dinero, y todo el mundo quería portear algún equipaje.

La lluvia caía con fuerza y fuimos haciendo llegar todas las mochilas, petates y demás enseres hasta el maletero del autobús, faltaba una maleta, y la partida se demoró hasta que se hizo la oportuna reclamación, y partimos hacia el hotel.

Dentro del autobús fuimos agasajados con collares de flores. El guía de la expedición, Rabindra, hizo los honores, y todos vivíamos una atmósfera de expectación y optimismo. Surgían las primeras conversaciones con los guías, las primeras preguntas, las presentaciones... hasta la llegada al hotel. El autobús no podía acceder hasta la puerta, se quedaba a 100 metros, así que tuvimos que marchar corriendo bajo la lluvia con todos los petates hasta la puerta del hotel. La lluvia era muy fuerte, la oscuridad reinaba en la larga calle y de vez en cuando se metía el pié en profundos charcos.
Tras entrar en el hotel con todos los bultos, repartimos las habitaciones, y cenamos los que teníamos más hambre, y por fin, una cerveza.

A la mañana siguiente llegó la luz del día, y pudimos ver Katmandú a través de la ventana, una bella vista de edificios llenos de colores; la vista desde el Hotel era buena, y se respiraba el frescor después de una noche lluviosa.

El barrio era pintoresco, agradable, pero el conjunto de la ciudad era caótico, sin normas de tráfico, sin aceras, sin saneamiento, sin las más mínimas condiciones de salubridad. Para mi era un choque absoluto, sabía por documentales que existían estos lugares, pero los hacía mas hacia la India o Pakistán, y estaban aquí. Algunas calles alejadas del centro eran auténticos basureros que descendían hasta el Río,
un flumen de excrementos y desperdicios que serpenteaba entre basuras y perros que buscaban alimento. Para alguien que no había estado antes en un lugar así, el choque era brutal, y la cantidad de información en entraba por lo ojos, difícil de asimilar y de ordenar interiormente. Esa gente vivía de otra manera, pero vivía, y en apariencia eran felices. No se.
El primer día por Katmandú fue un día de compras, de visitar el barrio donde nos hallábamos, un lugar muy turístico, con restaurantes, tiendas a cientos, muchos movimiento de gente, coches, motos, y muchos lugareños que se acercaban ofreciendo productos de lo más diversos. Cada diez metros alguien ofrecía bálsamo de tigre, alfombras, ropa de montaña, collares, objetos de madera... la actividad en las calles es frenética, y reina un clima de preparación de la expedición. Todos aquellos que no han preparado suficientemente bien su equipo para el trekking, pueden ahora comprar cosas como bastones, capas de lluvias, ropa... y casi todos, los paraguas. Esos enormes paraguas multicolores que nos acompañarían durante todo el viaje.

A la noche, seguíamos adquiriendo objetos varios, y ya empezábamos a degustar la cocina de algunos lugares típicos.

Partíamos al día siguiente hacia el aeropuerto, para coger una avioneta a Lukla, lugar al pié de las montañas, a una hora de vuelo, y que daba acceso a la ruta de los Himalayas. Se podría ir en autobús,pero eso representa cuatro días de viaje por carreteras tortuosas.

La llegada a Lukla fue extraña para mi, no había coches, no había bicicletas, no había caminos más anchos de un metro, no había motos... y aún no había visto nada. El primer momento consistió enreunirnos en un lodge cercano, donde los porteadores procedieron a repartirse los petates que traíamos con nosotros, y que portearían ellos día tras día, de lodge en lodge.


En un primer momento nos pareció que trasportaban demasiada carga, eran tres bultos de media por porteador, y algunos parecían tener 14 o 15 años, al final así resultó ser, pero la dureza de aquellos chicos, niños, nos sorprendió a todos, y con el paso de los días, terminamos por sentir un respeto y casi admiración por ellos.

 

El día empezó como terminaban todos, con té, té de jengibre, té negro, té nepalí, un té con leche que se tardaba más en hacerse, y en definitiva con líquidos. La primera preocupación de los organizadores del Tour era que comiéramos y bebiéramos mucho. Era primordial para evitar deshidratación, y mitigar los efectos del cansancio y el mal de altura.

No vimos prácticamente nada de Lukla, cruzamos sus calles, e inmediatamente penetramos en las montañas.

El Trekking.
Es difícil hacer una síntesis de cómo fue el trekking, creo que para cada uno fue de una manera. Para algunos fue duro y difícil, para otros exótico, para otros una prueba de psicología y fondo físico... Los primeros días transcurrieron por valles de una belleza increíble, se sucedían las gargantas de agua con bosques de árboles, flora, y todo salpicado de pequeñas villas y lodges que permitían la pernocta y el descanso.

El hecho de que hiciéramos el trekking en temporada baja nos permitió transitar por todos esos caminos sin cruzarnos con la marabunta que representa el ir en otros meses, por el contrario, teníamos el Monzón, lo cual significaba lluvia todos los días, y a veces, todo el día.

 

Los primeros días de lluvia se portaron muy bien, llovía de noche, y andábamos durante el día. Se sucedían los paisajes enormes, llenos de colores, de verdes intensos, de pequeños pueblos donde la gente nos miraba y los niños se nos acercaban. Las casas eran muy humildes, de una extrema humildad, sin suelo, oscuras, con una pequeña cocina precaria, y sin servicio de agua o saneamiento. La luz llegaba a algunas casas gracias a unas pequeñas placas solares que había encima de las casas. Éstas debían de suministrar poca energía, pero la suficiente para que unas pequeñas bombillas o diodos iluminaran una estancia.
El único medio de transporte eran los Jaks, algún caballo, y la fuerza humana. Cientos de hombre recorrían aquellas laderas montañosas subiendo y bajando enormes desniveles para hacer llegar los elementos más esenciales hasta los poblados más alejados.
A la espalda de aquellos hombre, y cogidos por la frente gracias a un cordel grueso, viajaban mercancías como maderas, cafeteras, comida, bebidas, ropas... todo lo que uno pudiera ver con sus ojos, teniendo en cuenta que más allá de Lukla no hay industria o manufacturas, a lo sumo carpinterías o alfarerías.
   
La marcha por los caminos representaban un continuo subir y bajar, no hay caminos planos, solo en la ribera de algunos ríos, y no durante mucho tiempo. De vez en cuando la orografía cierra el valle y obliga a cruzar a la otra orilla, lo cual significa cruzar más de cincuenta metros de río, y ello obliga a transitar más de cien metros por un puente colgante que se sustenta gracias a cables de acero. Antaño estos puentes eran inexistentes, y cuando los había, eran de madera, en los tramos menos anchos, pero aún así, más de una vez había que vadear los ríos solo en un periodo del año, lejos del Monzón.

La sucesión de paisajes hacía que cambiara la fauna y flora, ascendíamos poco a poco, y la vegetación cada vez era menor. Pasamos del bosque de ribera y temperaturas agradables, a lugares donde solo había canchales de piedras musgos, líquenes, arbustos, pájaros del tipo de los córvidos... y poco más.

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La pernocta en los Lodges fue mejor de lo esperado, ya nos habían entrenado en España psicológicamente para lo peor, sin embargo, teníamos habitaciones con dos camas, una manta, lo justo para reposar después de ocho horas de caminata. Siempre había un pequeño o no tan pequeño salón donde hacer vida en común, secar la ropa al calor de una estufa, y poder cambiar impresiones con el resto del grupo.
Me atrevería a decir que los primeros días se sucedieron muy rápido, estábamos fuertes, optimistas, y el paisaje era alucinante

La pernocta en Namche Bazar fue muy especial, desde la ventana del lodge se veía todo el conjunto de casas formando un circulo, el que forma la orografía del la ciudad. Había lodges por todas partes, la mayoría cerrados debido a la temporada baja, el nuestro estaba lleno, estábamos nosotros, y eso era suficiente para llenar cualquier establecimiento. Había lavanderías, ciber-cafés, pequeños establecimientos donde tomarse un dulce o un té, y como siempre, tiendas donde comprar ropa de montaña a muy buen precio. La mayoría de las prendas eran de una conocida marca, y casi todas falsas, se podía apreciar membranas de igual nombre, pero que al tacto se comprobaba que eran diferentes.

Namche Bazar permitía vivir esa vida de las montañas que muchos habíamos imaginado, un paseo por un poblado montañoso, calles empinadas, el ambiente montañero por todas partes... llegué a pensar que todo lo que nos íbamos a encontrar iba a ser así.

La marcha de este lugar abrió la puerta a una fase del viaje donde desaparecerían las comodidades, los ciber-cafés, las tiendas de dulces… a partir de ahora iríamos de lodge en lodge, subiendo y bajando montañas, y el tiempo cambió, empezó a llover de diario, y se empezó a poner de moda el uso del paraguas.

La llegada a uno de los lodges se vió protagonizada por la enfermedad de uno de los integrantes del grupo. Una chica tuvo mal de altura, y lo que empezó por un sonrosamiento de los labios acabó por ser el inicio de un encharcamiento de los pulmones, por un toser agua, y finalmente un edema pulmonar en toda regla. A mi personalmente me marcó bastante aquello; me di cuenta de que las situaciones complejas estaban a la vuelta de la esquina, no hacía falta caerse, solo era necesario un cambio de altura y presión. El tema de la aclimatación se volvió más importante de lo que pensaba, ya rondábamos los 4000 y pocos metros, y aún no habíamos alcanzado los esperados 5300 a los que encontraríamos en uno de los pasos de montaña.

La chica en cuestión hubo de ser bajada a espaldas de un sherpa durante dos días hasta llegar a un hospital de montaña, donde recibió los cuidados necesarios para salir de aquel estado. El resto del grupo siguió su curso, y los días se sucedieron transitando por lugares más aislados, mas agrestes, mas fríos, y también más bellos. La lluvia nos acompañó en todo momento, y algunas caminatas empezaron a hacerse un poco más difíciles para algunos.
Especial mención merece el día que estuvimos en Gokyo, un lugar precioso, a la orilla de uno de los tres lagos del valle. Enfrente del Lodge estaba el Gokyo Pick, un monte de 5360 metros aproximados, y con una ascensión fácil. La subida comenzó cruzando un río, y pronto llegaron las primeras rampas. No todos subieron, y algunos decidieron permanecer en el lodge, sin embargo la mayoría ascendió, y lo que parecía una fácil ascensión, para algunos fue una odisea.
   
Las condiciones del cuerpo humano, lo que podríamos llamar factor genético, se hicieron claves, de forma que a cada uno le afecta la altura de una manera, sin que para ello deba de ser especialmente importante la musculatura, el fondo físico, la experiencia.... Hubo miembros de la expedición que subieron con relativa facilidad, y otros que apenas avanzaban, como si el oxígeno no llegara a las piernas. Fue aquí donde aprendí que hay que ascender despacio pues el cuerpo no tiene la capacidad de recuperación que tiene a cotas más bajas; un exceso se paga caro, y si el cuerpo se fatiga, puede que requiera un parón de mucho tiempo para volver a trabajar en condiciones normales.


Mi ascensión al Gokyo pick fue de las experiencias mas bellas y duras de mi vida, una ascensión fácil convertida en una odisea por culpa de la altura y la falta de oxígeno. Llegar a la cima fue algo que rozaba el límite humano, aunque algunos ya partían para abajo sin apenas notar efectos. Uno no sabe si no está preparado, o hay algo más. Luego el descenso rebelaría que hay algo más. El dolor de cabeza, debido entre otras cosas por lo rápido que se descendió, hizo que más de uno debiera tumbarse en la terraza del lodge y mitigar de alguna manera el dolor. A veces parece que la cabeza va a estallar. Algunos han de recurrir a vasodilatadores, aspirinas o cualquier otra cosa que ayude al organismo.

En la cima del Gokyo pick vi una escena que nunca había visto y que me llenó de emoción. Un serpa bendecía unas banderas con plegarias, de esas de colores, y para ello encendía un fuego, pasaba las banderas por encima, y recitaba unas palabras en su lengua natal. Tras bendecir las banderas, las colocó en unas rocas de la cima, y se unieron a las que allí había. La emoción del momento fue increíble, puede que debido a la sugestión, a la situación mental aún no superada. Desde la cima se veía el Everest, la cima más alta del mundo, y nosotros estábamos a más de 5300 metros, aquello era lo que buscábamos.

Tras la ascensión a esta montaña, se sucedieron muchas situaciones que fueron haciendo el viaje más duro, mas bello, y uno tomaba conciencia de donde estaba. En un principio parecía la visita a un parque nacional, pero estábamos en los Himalayas, el lugar donde se hallan las montañas más altas del mundo.
 
Salir de Gokyo implicaba cruzar un glaciar para poder llegar a Dragna, y al día siguiente ascender por un paso de alta montaña, el Cho-La. El paso del glaciar fue épico. El glaciar, con su constante movimiento, había cambiado el curso del camino, y eso significaba que había de encontrarse otro paso. Los guías recorrieron el glaciar, uno incluso se metió en el agua hasta la cintura, y finalmente encontramos el paso. Menos mal que lo encontramos, unos metros atrás habíamos dejado un paso muy peligroso, un lugar que estaba sometido a los continuos derrumbamientos de piedras, y cuya caída podía ocasionar una desgracia. Estábamos en un lugar que nos hacía vulnerables, y embutidos en nuestros trajes de Gore Tex, la visión de aquellos porteadores de quince años en chanclas, en mitad del hielo y de la nieve, daba mucho que pensar. Era gente muy dura, acostumbrada a los elementos, eran como perros salvajes que estaban acostumbrados a dormir a la intemperie. Nosotros parecíamos turistas al lado de bestias aclimatadas al lugar.

Al final conseguimos pasar el glaciar, y dormimos en otro lodge. El descanso fue merecido, y justificado, el día siguiente sería un punto de inflexión para muchos.

La salida de Dragna dio lugar a una ascensión y pronto divisamos el Cho-La, el paso a 5330 metros, un paso por un terreno de rocas y coronado por una planicie en la que había un lago. Era algo extraño, se subía por un cañón, y cuando se coronaba, te esperaba un lago helado. La ascensión se hizo extremadamente dura para algunos, lo que primero era lluvia luego se convirtió en nieve, y los serpas subieron con sus precarios calzados por mitad de la nieve y el hielo, y llegaron a la cima del paso.
Algunos miembros de la expedición llegaron muy rezagados, y hubieron de necesitar ayuda de compañeros para poder seguir el ritmo a duras penas. Una vez en la cima nos pusimos las polainas, y los serpas iniciaron el camino cruzando el lago helado. Otra de esas escenas de locura. Primero había que descender por una rampa de hielo, después se llegaba a una capa de hielo que no se sabía su grosor, y finalmente seguir el rastro dejado por los serpas y no salirse del mismo. Todo ello bajo una ventisca de nieve y sin la seguridad de que el hielo no fuera a ceder bajo nuestros pies. Pero si los serpas habían pasado con los petates, se supone que nosotros también lo haríamos. El paso del Cho-La representó para muchos un antes y un después en el viaje. La llegada a Lobuche fue algo deseado por muchos, algunos tardaron 14 horas de dura montaña desde la salida. Dormimos en dos lodges separados por el río, y uno de ellos era una nevera. La humedad mojaba las paredes, y en su enorme salón planificábamos como el grupo se iba a dividir en dos, cada uno seguiría ahora dos rutas distintas. Un grupo que decidió no subir al Island Pick, y otro que prefirió subir al Kala Pathar y descender en dirección a Nanche Bazar

El grupo que marchó al Island pick estaba formado por doce personas, los que se supone estaban en mejor forma física, los que aspiraban a ascender un 6000. Ibamos a encontrarnos con el material de escalada que habíamos mandado con sherpas dos semanas atrás, y ascender un pico de cierta categoría.

La aproximación al Island pick fue a través de largos valles, la primera noche dormimos en Pheriche, y la segunda en Chhukhung, a 4730 metros. Todo el recorrido era por inmensidades de lugares que no tenían fin, ríos que se cruzaban en torrentes unos con otros, canchales de piedras y ni un solo árbol en kilómetros... Tras dos días de marcha llegamos a la famosa tienda amarilla, aquella de la nos hablaban, la tienda donde cenaríamos filetes de jack y programaríamos la ascensión.
La llegada fue dura, el valle nunca se terminaba, el calor era tórrido, parecía mentira que estuviéramos a esa altura y rodeados de nieve y hielo. No hubo filete de jack, y el lugar era precario como él solo, como lo que habíamos visto en los documentales. Tiendas en mitad de la nada, piedras, una fuente que manaba en la base de la montaña... y poco más. Sobre nosotros el Island pick, con sus 6189 metros.

Una vez más, cada uno tiene sus sensaciones, sus puntos de vista, mientras que unos piensan en descansar, dormir todo lo que puedan, otro salen temprano a fotografiar las enormes moles montañosas, los glaciares, las morrenas...

 

La subida al Island Pick conllevaba ascender más de 1200 metros en una noche, algo que algunos ya habíamos hecho anteriormente en Alpes, sin embargo, otros factores iban a decidir la ascensión al macizo montañoso. Nada mas llegar al campo base del Island pick encontramos las tiendas de campaña ya montadas, una temperatura de verano, y un clima impropio del lugar. A la tarde se puso a llover y bajó la temperatura. Se nos sugirió practicar con los Jumars, por una cuerda previamente colocada. Nadie practicó, ello conllevaba mojar el equipo, y era mejor guardar fuerzas. A la tarde-noche tuvimos la reunión con el guía de la ascensión, el que nos iba a guiar hasta la cima. La información que se nos dio es que íbamos a tener temperaturas de más de 20º bajo cero, enormes grietas, y una ascensión complicada con nieve muy blanda. Tras una puesta en común sobre los distintos puntos de vista, decidimos no ascender, no había equipo para ascender a 25º bajo cero, y la posibilidad de mal tiempo podía incrementar la sensación térmica.

Sin embargo, Evaristo Martínez, decidió ascender. Para nuestra sorpresa, Evaristo ascendió, y solo cuando el guía decidió no seguir progresando, por razones que a día de hoy desconocemos, inició el descenso. Mis más profundos respetos a Evaristo, un montañero que se arriesgó, que llegó hasta donde le dejaron, y que demostró no verse afectado por el mal de altura. En definitiva, una persona preparada para la montaña, demostró reunir la mayoría de las características del buen montañero. Tuvo aplomo, tolerancia a la altura, fondo físico, buena relación con los compañeros... un honor haberlo tenido como compañero en esta expedición.

Tras descender Evaristo, iniciamos la marcha hasta Namche Bazar, en solo dos jornadas hicimos un camino que se suele hacer en tres o cuatro. La lluvia seguía acompañándonos todo el camino, las horas de marcha afectaban a más de uno. La llegada a Namche Bazar se vio precedida de nuestra visita a un templo budista, eso le dio una pincelada de romanticismo. Pudimos disfrutar de una visita a la sala donde realizan sus rezos.

La llegada a Namche Bazar fue de noche, una dura jornada de andar por esos caminos subiendo y bajando. En el camino nos cruzábamos con algunos hombres y jóvenes que estaban bebidos, venían de alguna fiesta. Era curioso verlos dirigirse a su poblado por mitad de la montaña, como el que va por la calle camino de casa.

La llegada final fue motivo de alegría, el grupo se unía de nuevo, el grupo del Island pick y el que decidió marchar al Kala Phattar, el mirador natural del pico Everest. Habían hecho una bonita ascensión pues ya estaban bien aclimatados y habían podido ver el Everest y algunas de las montañas mas altas del Himalaya.

Partimos todos juntos a Lukla para coger la avioneta y marchar a Katmandú, y como tantas veces ha sucedido, la niebla nos impidió marchar. Estuvimos un día más, y finalmente la avioneta despegó.

Llegar a Katmandú significó un periodo de cuatro días para conocer mejor la ciudad. Tuvimos la oportunidad de comer en restaurantes coreanos, japoneses... hacer las últimas compras, y visitar más templos y plazas típicas.

La ciudad seguía ofreciendo todas sus caras, la exótica, y las que dejaban entrever la pobreza, la suciedad, la amabilidad de la gente, el caos del tráfico, el ruido de los cláxones de los coches,...

En definitiva, una experiencia que nos permitió experimentar muchas cosas, y enriquecernos como personas. Supimos qué es la verdadera alta montaña, cómo viven las personas del tercer mundo, descubrimos lugares increíbles a los que sólo se llega andando y tras muchos días de travesía.

Un viaje que muchos deberían de hacer, para darse cuenta de la enorme suerte que tenemos de ser montañeros, de tener prosperidad, y de poder caminar por el mundo.

Jorge Robles Reyes.
En el día de nuestro señor de 22 de Octubre del 2008.

 
 
(c) Himalayan Vision Treks 2006.